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LOS MEDIOS DEL ENGAÑO

LOS MEDIOS DEL ENGAÑO «El problema está en que en el tejido de los medios, a nivel internacional y nacional, es tan brutal y tan complejo que son capaces de construir a nivel mundial una mentira y darle verosimilitud completa, alimentarla por el conjunto de los medios, prensa, televisión, radio a nivel internacional y finalmente hacerla pasar como una realidad histórica». Entrevista con Enrique Bustamante, profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid.

M. H. Lagarde La Habana

Enrique Bustamante ha dedicado buena parte de su vida a estudiar el accionar de los medios de comunicación. Entre las obras que lo avalan como toda una autoridad en la materia se encuentran: Las industrias culturales en España (Madrid 1986) y La televisión en España, mañana (Madrid 1988) y su trabajo como editor y coordinador de contenidos del Plan de Difusión del Programa Star en España (Siete libros, Madrid 1990), Telecomunicaciones y Audiovisual. Encuentros y divergencias (Ed.) (Madrid 1992) con el grupo Eurocomunication Recherches, y Concentració i internationalització dels Mitjans de Comunicació (Barcelona 1994). El más reciente estudio dirigido por él es: Hacia un nuevo sistema mundial de comunicación. Las industrias culturales en la era digitaliversidad.

La Jiribilla conversó con el profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid y también director de la revista Telos, a propósito de su visita a La Habana como invitado al 25 festival del Nuevo Cine Latinoamericano. La entrevista tuvo lugar en un estudio improvisado en el quinto piso del Instituto Cubano de Artes e Industria Cinematográfica, ante las cámaras del equipo de realización de la viodeteca Contracorriente, un nuevo proyecto del ICAIC que ya reúne una serie de entrevistas con importantes personalidades del pensamiento y las artes a nivel mundial. A continuación les ofrecemos a nuestros lectores una versión resumida de una conversación que se extendió a lo largo de casi cuarenta minutos.

Según Ignacio Ramonet desde hace unos 15 años, con el incremento de la globalización, se ha perdido el sentido de lo que antes se conocía como el cuarto poder, o sea, el papel de contra poder que jugaban los medios de difusión. ¿A que cree usted que se debe ese cambio?

Creo que el proceso de perdida de especificidad, de desigualdad de los medios de comunicación, es anterior a la globalización. Desde el momento en que se inicia un proceso de concentración de los medios, sobre todo en los grandes países desarrollados, los grupos de comunicación comienzan a vincularse a los grupos financieros. En Estados Unidos ocurre hace ya varias décadas. Comienzan a vincularse también al poder político y finalmente encontramos una curiosa circunstancia en la que los medios, en lugar de ser los controladores del poder político o económico, son una herramienta del poder económico. En unas ocasiones, para controlar el público, en otras, para controlar al propio poder político. El proceso de globalización lo que hace es acrecentar ese fenómeno de forma que los grandes grupos internacionales multimedia no solamente tienen poder en su país de origen, sino que este trasciende las fronteras nacionales y comienzan a ganar en influencia en otros países a nivel internacional.

Pienso que la función de los medios en el capitalismo siempre ha sido la misma. Recuerdo ahora el papel que jugó el Journal que dirigía Hearst durante la guerra cubano-hispano-norteamericana. Es bastante similar a lo que está pasando ahora, lo que han hecho los medios con la guerra de Iraq. Aunque se sigue haciendo lo mismo, en un artículo reciente, usted señalaba que ahora el público es capaz de darse cuenta de esa manipulación. Según ese texto, en las manifestaciones contra la guerra en Iraq que tuvieron lugar en España, había un cartel que se repetía y que asociaba a la televisión con manipulación.

Entre los ejemplos clásicos, cuando los grupos de comunicación eran manipulados por el poder político o, a veces, controlaban o intentaban limitar el poder político, y la actual situación, hay una enorme distancia. Los grandes grupos se han hecho tan monstruosos en su tamaño, tan gigantescos, que se han imbricado estrechamente con el poder económico y político y, en muchos casos, esa diferencia es imposible de establecer. Por ejemplo, me refiero al grupo Fox, el grupo Murdoch, en los EE.UU., su papel y su sinergia con la administración Bush. O me refiero a un caso límite en Europa que es el grupo Berlusconi. El grupo que controla tres canales de la televisión privada, alguna parte de la prensa y del mayor aparato publicitario mediático se ha combinado ahora con el puesto de primer ministro y, en consecuencia, con el control del aparato público, estatal, sobre todo de la radio y la televisión pública. Podemos decir que Berlusconi es el primer ministro, el primer presidente del gobierno que controla, al mismo tiempo, el monopolio privado y el monopolio público. Ese grado de control yo creo que no se había desarrollado nunca. Pero sin llegar a ese extremo límite, en España hemos visto como el gobierno simultáneamente privatizaba las grandes empresas públicas, y esas empresas públicas, una vez privatizadas, compraban los grandes medios y los controlaban a favor del gobierno que finalmente les había hecho el gran favor de la privatización. Esa imbricación nunca se había dado con tal intensidad y con tal sistematicidad, de manera que hoy tenemos en muchos países occidentales una maquinaria de poder, de control, que ya no es para limitar el poder político, para denunciar la corrupción, para denunciar la falta de democracia, sino al contrario, para ayudar a los gobiernos y al poder económico a controlar al país y a los ciudadanos. Yo decía en ese artículo que, felizmente, en algunos casos límites, como en el caso de la guerra de Iraq, se comprueba que los ciudadanos no son tontos. Y el dibujo español es muy claro: 88 o 90 por ciento de la población, en todas las encuestas, incluyendo las oficiales, está contra la guerra en una posición muy directa. En cambio, el 99 por ciento de los medios estuvo a favor de la guerra. Estamos hablando de cómo los medios tergiversan completamente su función y se convierten en una máquina de propaganda al servicio del poder económico y político. Quiero ser optimista y, en ese sentido, pienso que hay toda una serie de casos que demuestran que la población, una parte importante de esta, tiene unas conexiones de comunicación enormes, unos nexos sociales que le permiten protegerse frente a esa amenaza permanente de los medios. Pero tampoco soy excesivamente optimista. Me refiero a que los medios tienen una enorme capacidad para fijar la agenda de noticias, temática y, dentro de cada punto importante de esa agenda, imponer cuáles son las salidas políticamente correctas. De forma que, a corto plazo, el poder económico y político controla a la opinión pública. En el caso español, hemos visto manifestaciones gigantescas contra la guerra, pero también que unos meses después, en las elecciones municipales, esa hostilidad de la población contra el gobierno no se ha visto reflejada en el resultado electoral. Eso implica que una parte importante de la población busca información, es activa, tiene fuentes diversas, pero las estadísticas lo dicen: el 52 por ciento de la población española solo tiene información a partir de los telediarios, de los informativos de televisión y esa situación es realmente peligrosa. Implica que hay que crear mucho más activamente una red alternativa de comunicación.

Sucede ahora un fenómeno interesante: la mentira se ha convertido en parte de la agenda de los medios. Estoy pensando, por ejemplo, en el falso rescate de la soldado Lynch, el guanajo de Bush en Iraq que era de cartón, las falsificaciones de The New York Times respecto al propio rescate de la Lynch. Sin embargo, se acepta todo eso con un cinismo y una impunidad increíble. Ya no ocurre, por ejemplo, un escándalo como el Watergate, a pesar de las mentiras que usó la administración para invadir Iraq.

Hay una larga historia de mentiras de los grandes medios. Los inventos de los norteamericanos. Estamos hablando de lo que pasó en la guerra de Vietnam, donde ellos inventaron el incidente con que querían justificar la guerra. La guerra de Iraq se ha producido a una gran escala, la inmensa mayoría de los medios ha alimentado la psicosis creada sobre las supuestas armas de destrucción masiva. No es que los medios no digan la verdad, o digan solo una parte de la verdad, o incluso generen su propia información, el problema está en que el tejido de los medios, a nivel internacional y nacional, es tan brutal y tan complejo que son capaces de construir a nivel mundial una mentira y darle verosimilitud completa, alimentarla por el conjunto de los medios, prensa, televisión, radio a nivel internacional y finalmente hacerla pasar como una realidad histórica. Creo que eso es lo nuevo. Lo nuevo también es que eso se hacía antes solamente por razones políticas o de poder, ahora se hace también como mecanismos de funcionamiento habitual de los medios. Me explico. En los últimos años se han estado produciendo toda una serie de casos en los que se encuentra a periodistas que han distorsionado la información, han creado acontecimientos, inventado reportajes. Los medios los presentan como una especie de aberración individual, como si fueran casos individuales, pecados perfectamente subsanables para el futuro. El problema es que la máquina mediática produce mentiras y produce mentiras ya de forma sistemática, en función de su propia política comercial. Es decir, la competencia publicitaria ha llegado a tal calibre, a tal punto, que finalmente los medios tienen una presión forzosa, permanente, para construir en un gran espectáculo mediático el acontecimiento de cualquier información. Eso implica que una enorme cantidad de noticias auténticas, importantes a nivel social, sean eliminadas, censuradas, simplemente porque no tienen una visión mediática suficientemente espectacular. Y, en cambio, determinados acontecimientos, incluyendo las mentiras mediáticas, creados por los propios medios en función de su propia lógica, se convierten en elementos fundamentales de la agenda siempre que tengan ciertas características: de ruptura, de anormalidad, imágenes espectaculares. Y viniendo de la televisión, ese proceder se impone al conjunto del sistema mediático. Ahí nos encontramos algo mucho más peligroso: los medios crean finalmente su propia realidad y son cada vez más autistas respecto a la realidad social.

En esa dinámica es perfectamente lógico que algún periodista sobrepase los límites e invente todo a nivel individual, pero cuando lo inventa en el aparato de sistema mediático no pasa nada porque todo el sistema mediático se realimenta y la red de mentira está perfectamente montada por el conjunto del sistema mediático tanto a nivel internacional como nacional. Lo peligroso es cómo la lógica publicitaria comercial se alía con la lógica del poder político y finalmente confluyen en el caso Berlusconi y el caso Bush.

Hablando ahora de la televisión española, usted también ha dicho que después del franquismo, España esperaba hacer en materia de televisión, lo que se hacía en Europa. Sin embargo, no fue eso lo que pasó. Quien lea los periódicos o internet se da cuenta de que todos los días hay una crítica sobre el aumento de la telebasura en España. ¿Sucede lo mismo con la prensa escrita?

El tema de la telebasura es un tema más internacional y es creado desde dos polos: Europa y Estados Unidos. Primero, durante años, los formatos de los reality venían de EE.UU. Ahora tenemos el «orgullo» de que es una empresa multinacional europea la que está creando formatos como Operación Triunfo, como Gran Hermano y lanzándolos a nivel mundial. La televisión ha llegado a tal nivel de comercialización, a una presión publicitaria tal, que lo que menos nos importa es la realidad. Pero tampoco la ficción es adecuada porque ella es claramente irreal y resulta un simulacro ante el ciudadano. Es un panorama bastante peligroso porque se constituye lo que los norteamericanos llaman, muy apropiadamente, el killer format, el formato asesino. El formato asesino, que tiene un enorme éxito y relativo bajo costo, consigue prácticamente eliminar el resto de la programación. Toda la programación de la cadena de televisión se acumula, se reaprovecha. El Gran hermano, los personajes del Gran Hermano, las historias del Gran hermano. Es un programa que finalmente se programa tres y cuatro veces a la semana, pero coloniza toda la programación verticalmente y las otras cadenas tienden también a copiarlos, a imitar su formato, realizan clones. Finalmente ese formato asesino mata la diversidad del todo en el sistema televisivo. Pero luego se traslada a la prensa. La prensa, para poder tener éxito, empieza a tener su Gran Hermano y sus personajes como si fuera la realidad social fundamental. A partir de eventos extramediáticos se constituye una falta absoluta de diversidad, de pluralismo, de atención a la realidad social, a los problemas sociales reales y todo queda minimizado por una ficción mediática que nadie sabe si es realidad o si es ficción. Ese proceso de comercialización extrema se da en toda Europa. La televisión pública ha retrocedido y tiene menos peso, menos influencia, menos audiencia y hay una tentación de la red de televisión pública de contaminarse en la lucha por las audiencias. El caso español es extremo, como lo sería seguramente el portugués y, en parte, el italiano. La televisión pública no tiene una tradición de servicio público como la BBC o las cadenas francesas o alemanas. Ese servicio nace con la constitución, en el año 80. No hay una conciencia social suficiente sobre el servicio público. Existe, más bien, una tradición de que los gobiernos manipulan sistemáticamente la televisión pública y la televisión pública no tiene tampoco una financiación autónoma del dinero público, sino que vive de la publicidad, compite ferozmente en el mercado con las trasnacionales y termina finalmente haciendo lo mismo que la televisión privada para poder financiarse y mantener la audiencia. Lo paradójico en España es ver un presidente del gobierno como el señor Aznar, quien en público se lamenta de la telebasura cuando él es el patrón de la fábrica fundamental de telebasura que es Televisión Española. Digamos que es una situación bastante parecida a la italiana en la que Bertlusconi denuncia a la televisión pública por criticarlo mientras la manipula.

En la prensa escrita se da el fenómeno de lo que pudiéramos llamar la notibasura. Recuerdo ahora el papel que jugó El País con el golpe de Estado del año pasado contra Venezuela y la campaña que ha desatado recientemente contra Cuba. Creo que en eso, más que el dinero influyen las alianzas políticas, la sinergia de la que usted hablaba.

Desde hace 30 años para acá, el sistema mediático ha cambiado radicalmente de estructura. Hace 30 años que participé en un estudio internacional sobre los grandes periódicos de elite que daban la agenda del debate del espacio público.

Entonces, la prensa y la televisión actuaban como grandes cajas de resonancia, como si fueran simples plataformas de la prensa seria. Eso ha cambiado radicalmente. La televisión ha impuesto su ley a nivel del conjunto del sistema mediático. Y ahora vemos que ocurre lo contrario, la televisión crea los elementos básicos de la agenda del debate público y la prensa, incluso la más seria, no tiene más remedio que seguirla porque si no pierde audiencia. Nos encontramos con un periódico como El País, que era el periódico por definición de referencia en España, generado por la transición democrática, identificado con la democracia y que de pronto le dedica tres o cuatro páginas al compromiso de la boda real del príncipe. O le dedica dos páginas a la Operación Triunfo. Estamos hablando de un periódico que es parte de un grupo mediático que tiene una cadena de radio, la principal española, que tiene televisión, que tiene canales temáticos de cable y, por tanto, cada medio actúa de plataforma comercial de los restantes. Esto es muy peligroso porque la prensa se ha constituido en el único espacio fundamental del debate público. Eso está cambiando radicalmente, la prensa está perdiendo su justificación de existir, su capacidad de generar un debate público. En España ya ahora hay temas sociales fundamentales que apenas aparecen en la prensa escrita o aparecen de forma muy marginal.

También se habla por ejemplo en el caso de El País de los compromisos que tiene con Gustavo Cisneros en Venezuela o de sus intereses por llegar a parte del mercado de Miami. ¿Influyen también esos intereses económicos?

La teoría de los grandes grupos es que mientras más fuertes sean, más independientes se vuelven del poder político. La realidad nos demuestra que ocurre exactamente lo contrario. Cuando un periódico como El País, El Mundo o ABC, cualquiera que sea su ideología de partida, comienzan a formar parte de un gran conglomerado que trabaja en el mundo editorial, del disco, del cine, de la televisión, pero finalmente también en la construcción y que tiene inversiones en la banca, etc, ya no es un problema de la independencia de los mass media, sino una cuestión de que los intereses múltiples se entrecruzan de tal forma que ese grupo y su medio no tienen más remedio que estar con el poder económico. Puede cometerse alguna veleidad para diferenciarse comercialmente en temas sociales o políticos, pero nunca en el tema económico. En el tema económico, el discurso único es tajante porque es ahí donde tienen sus intereses.

Al igual que el cuarto poder, otro de los clichés de la llamada democracia occidental es el de la libertad de expresión. ¿Usted cree que existe la libertad de expresión?

La libertad de expresión, digamos, es un elemento fundador de la democracia. Pero, en la práctica, la libertad de expresión en una economía de mercado ha quedado cada vez más confinada a los grupos privados. Durante una larga época vimos cómo periódicos de partidos, de sindicatos, no podían competir, en parte, no por la elección del espectador, sino por la presión comercial. No me refiero a una cuestión teórica, pues trabajé en una revista durante cuatro años, durante la transición del franquismo, que agrupaba toda la oposición a Franco y que cuando llega la democracia, la presión publicitaria la ahoga y tuvimos que cerrar. Paradójicamente, una revista que había luchado contra el franquismo tuvo que cerrar cuando vino la democracia. Ese ejemplo creo que es muy ilustrativo de cómo es la presión publicitaria y del mercado que ha venido favoreciendo a los grupos privados. Eso va forzando a un proceso de concentración cada vez mayor y son los grandes grupos los que determinan y usurpan la libertad de expresión y deciden quién tiene libertad de expresión o no. Pero no solo a nivel del público, también de los escritores, de los periodistas, de los intelectuales. Hemos visto como los grandes grupos crean sus propias cuadrillas de intelectuales. Y esos intelectuales están ahí en la medida en que apoyan el pensamiento del medio. Si critican u opinan de forma diferente, son eliminados. Los que permanecen, tienen una gran repercusión mediática, en la prensa, en la televisión. No pasa nada si no hay un gran intelectual en un campo, el grupo lo inventa, lo crea. Hay intelectuales mediáticos que no tienen un solo libro, una sola obra sobre su especialidad y pasan por ser grandes expertos en su campo. Los ha construido el medio. Como mucho, tres o cuatro grandes grupos, como pasa en el caso español, son los que controlan toda la agenda pública, social, cultural. Deciden hasta qué tipo de poesía se publica. Solo algunas corrientes de la poesía serán apoyadas. Por ejemplo, corrientes de poesía no comprometidas políticamente, porque son las que están vinculadas a los grupos mediáticos. Llegan a todos los terrenos de la agenda, a todos los terrenos de la sociedad. Finalmente el espectador no tiene ninguna posibilidad de actuar ni de expresarse.

Acaba de empezar en Ginebra la Cumbre de la Sociedad de la Información. ¿Cree que esta cumbre ayudará a disminuir la diferencia que existe entre los países ricos y los países pobres? Naciones ricas que cuentan con toda la tecnología y naciones pobres llenas de analfabetos para los que el invento de Gutember es todavía una opción de futuro.

Yo creo que debíamos ser muy cautos, muy precavidos, cuando hablamos de sociedad de información. Primero, llevamos alrededor de 35 años hablando de Sociedad de Información en teoría. En los 70, nos prometían maravillas con la sociedad de información. Eso ha terminado en los noventa con Negroponte o con Bill Gates, también prometiéndonos que mercado más sociedad de información será libertad para todos.

Windows para todos…

Bill Gates, incluso, llegó a prometer que sería el reinado de la pequeña y mediana empresa porque la sociedad de información haría imposible los grandes grupos. Y lo decía él, que tiene en sus manos el mayor grupo mundial de informática. Creo que ese discurso sobre el concepto de sociedad de información es absolutamente lamentable, un discurso vinculado al poder. Yo lo llamo una utopía consoladora porque es la promesa de una felicidad futura a cambio de que nos quedemos quietos en el presente y que nos acomodemos a todos los desequilibrios e injusticias de la sociedad. Finalmente, lo que estamos viendo es que esa supuesta sociedad de información es un proceso lento, en transición, que se da mucho más rápido en países muy industrializados, también en los sectores más minoritarios de la población y que genera desequilibrios por donde pasa. Me refiero, incluso, al caso norteamericano. En EE.UU. la población tiene un 50 por ciento de acceso a internet, pero el otro 50 por ciento está peor que antes porque tiene menos posibilidades de defenderse. En Europa es de 35 o 40 el por ciento de conexión a internet, y el resto, el 60 por ciento, está peor. En América Latina algunos países tienen solo el 2 por ciento. Es un proceso bastante lento que debíamos revisar críticamente planteándonos qué necesidades sociales realmente viene a cubrir, trabajando de forma experimental sobre la realidad, no con ensayísticas utopías maravillosas. Debemos ver, en cada sociedad, qué sociedad de información es la adecuada. Me refiero a un ejemplo concreto, el modelo norteamericano de que todos vamos a tener en nuestra casa el acceso a internet de banda ancha. Eso es absolutamente imposible en los próximos cien años. Para empezar, por lo que usted decía: la mayor parte de la población de la tierra no ha tomado nunca el teléfono en sus manos y cuando una parte importantísima de la población pasa hambre y está en la miseria, pensar en darle acceso a la Sociedad de la Información es absolutamente ridículo. Hay que darle acceso primero a los bienes básicos de supervivencia. Pero incluso, pensando en proyección de futuro, las sociedades europeas son sociedades de dos tercios. Dos tercios están en una situación soportable, hasta la clase media y un tercio está en la marginación. Las sociedades latinoamericanas son sociedades de un tercio, un tercio vive bien y el resto está absolutamente en la miseria. Pensar en el modelo europeo o norteamericano de cada uno en su casa un ordenador con acceso a internet o banda ancha telefonía móvil, es imposible. Es un sueño que nos venden para que nos conformemos de nuevo con una situación cada vez más injusta y más desequilibrada. Tenemos que pensar en aprovechar la tecnología de la información para las necesidades reales de nuestras sociedades.

Ramonet hablaba también de la creación de un quinto poder como alternativa.

Soy muy prudente en esas cosas porque la existencia de minorías con solo uno o dos por ciento de la población con acceso a internet realmente impide que se constituyan en un contrapoder a los grandes grupos. Tenemos que ser un poco más prudentes y no caer en el error, como hace algunos años, de unirnos a la última tecnología, como es el caso de internet de banda ancha, sino aprovechar todo el sistema de medios que tenemos a nuestro alcance. En América Latina hay redes de video importantísimas de grupos alternativos, educativos, cultural, ficcional, hay televisión local, radios comunitarias… Enlazando todo esos medios, es posible que lleguemos a construir un cierto poder, un contra poder. No repetiremos los errores de los años setenta cuando algunos pensaban que creando medios alternativos se creaban movimientos sociales. Siempre es al revés, los movimientos sociales generan los medios alternativos necesarios para la lucha.

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